¿Sabemos realmente a qué responden nuestros hábitos alimenticios?
¿Influye la información proporcionada por nuestro genoma en el desarrollo de intolerancias alimentarias? ¿De qué se alimentaban los primeros homínidos y cómo evolucionaron hasta nuestros hábitos alimenticios en la actualidad?
Siempre tendemos a considerar la elección de cómo nos alimentamos con un condicionante cultural, pero no directamente relacionado con nuestro pasado biológico. Es evidente que el consumo de lácteos en nuestra sociedad sobrepasó lo cultural para convertirse en algo puramente biológico, siempre hemos tenido en cuenta para la supervivencia las bondades de la leche materna durante la alimentación de los bebés. Y es que la pura producción de leche es precisamente lo que define a un mamífero, esa misma especie a la que pertenecemos los seres humanos. Para un correcto desarrollo del bebé, este consumirá leche materna que contiene un 3,8% de grasas, un 1,0% de proteínas, un 7% de lactosa y un 87% de agua y/o fórmulas artificiales destinadas al mismo objetivo.
Debemos tener en cuenta que casi todos nacemos con lactasa, la enzima que nos permite digerir adecuadamente la lactosa, el azúcar de la leche; sin lactasa un bebé no podría alimentarse del pecho de su madre. En general, la gran mayoría de los mamíferos adultos suelen presentar intolerancia a la lactosa, un hecho totalmente irónico porque en el caso de los humanos continuamos consumiendo lácteos más allá de la edad de los infantes. Al resto de mamíferos se les activa un gen que afecta directamente al consumo de leche una vez han crecido lo suficiente como para consumir otro alimento.
¿Qué cambios se han producido a lo largo de la historia de la humanidad para que nuestro cuerpo tolere ese azúcar en la vida adulta?
Tal y como indica un estudio publicado en la revista científica Nature, el ser humano sufrió cambios genéticos con la llegada de la agricultura y la ganadería, puesto que con ellas también llegó la posibilidad del consumo de leche de procedencia animal como manera de supervivencia, hace aproximadamente unos 8.500 años atrás.
Los seres humanos pasaron de ser recolectores y cazadores a cazadores y ganaderos. La domesticación de los animales conformó un nuevo hábito de consumo y en consecuencia modificó nuestro interior; cambios que afectaron directamente en la alimentación se vieron reflejados en el sistema inmune e incluso en la altura. Uno de los cambios a destacar fue la posibilidad de digerir y tolerar el consumo de leche durante la edad adulta. Además, surgieron variantes genéticas que preparaban al sistema inmune para poder protegerlo ante nuevos patógenos, como aquellos que aparecían por la inevitable convivencia junto al ganado y la de unos asentamientos mayores y en consecuencia más poblados.
¿Podríamos decir que, a pesar de dicha evolución, todavía nuestra genética no permite que toleremos correctamente la lactosa?
Entendemos que la aparición de esta tolerancia o intolerancia depende de nuestra herencia genética, entre otros factores.
Conocer a través del conocimiento de nuestro genoma si presentamos predisposición genética de desarrollar intolerancia a la lactosa o no, nos permite decidir si consumir productos lácteos o reducir su ingesta o compaginarlos con suplementación con lactasa o directamente evitarlos en la medida de lo posible.
¿Cómo nos afecta la intolerancia a la lactosa?
Hay toda una sintomatología propia de dicha intolerancia y depende, como hemos dicho anteriormente, de cada persona, su genética y su tolerancia a la lactosa.
La intolerancia a la lactosa en adultos sabemos que es causada por una reducida producción de la enzima lactasa, la cual se expresa en niveles altos en el periodo de lactancia, luego empieza a disminuir su producción hasta el mínimo o que, directamente, se muestre apagada, aunque esté presente.
Uno de los síntomas más frecuentes es la inflamación abdominal, dolor en la misma zona al que le continuará lo que conocemos como una pésima digestión; diarrea, náuseas, gases y vómitos. Debemos recordar que existe todo un listado menos reconocido generalmente de síntomas que suelen estar asociados a una incorrecta metabolización de ciertos alimentos, como puede ser la migraña. Lo lógico es sentirse bien y en la mayoría de los casos un síntoma puede ser signo de algo que no funciona correctamente en nuestra dieta. No debemos menospreciar el valor que otorga unos hábitos alimenticios que favorezcan nuestro bienestar general.
Algo que ayuda a conocernos mejor es, sin duda, realizarse un test genético alimenticio y poder basar nuestra nueva rutina en esa lectura para alcanzar una alimentación a medida. Si existieran dos polimorfismos o variantes genéticas resultantes del cambio de un único nucleótido (SNP) en el gen MCM6, el que produce esa intolerancia a la lactosa, podríamos detectarlo mediante el conocimiento de nuestra genética.
¿Cómo enfrentarse a una vida sin lácteos en una sociedad que en términos generales los consume diariamente?
¿Si no tomamos lácteos nos faltará calcio?
En principio, no tienen por qué eliminarse del todo los lácteos, depende de la tolerancia de cada persona. Afortunadamente, un correcto diagnóstico puede mejorar significativamente la calidad de vida, y existen muchos alimentos no lácteos que son ricos en calcio.
Según el Instituto Nacional de Salud (NIH), el calcio puede encontrarse en altas cantidades en:
- Legumbres como los garbanzos y las alubias.
- Frutos secos como las almendras, avellanas, pistachos y nueces.
- Brócoli, coliflor, acelgas y espinacas.
- Semillas.
- Ciertos productos enlatados, como las sardinas y el salmón con espinas.
Para los amantes del queso, hay que señalar que los quesos más curados contienen menos lactosa, aunque también tienen un mayor contenido de grasa. La inclusión de estos alimentos debe estar guiada por un profesional de la nutrición una vez se conozca el grado de intolerancia a la lactosa. Esto también afecta a nuestros hábitos de compra. Un sencillo consejo para identificar si un producto contiene lactosa es leer la etiqueta. Afortunadamente, los alérgenos e intolerancias comunes como la lactosa se destacan en negrita, facilitando su detección.
Al principio, eliminar o reducir un alimento específico como los productos que contienen lactosa puede resultar complicado. Estamos hablando de un cambio de hábitos, que nunca es fácil. Por eso, buscar el apoyo de un profesional de confianza puede hacer la transición más llevadera y ayudarte a alcanzar el bienestar general a través de una dieta adaptada a tu genética.
Referencias
- Martin CR, Ling PR, Blackburn GL. Review of Infant Feeding: Key Features of Breast Milk and Infant Formula. Nutrients. 2016;8(5):279.
- Kuhlwilm M, Gronau I, Hubisz M et al. Ancient gene flow from early modern humans into Eastern Neanderthals. Nature 530, 429–433 (2016).
- Olalde I, Allentoft M, Sánchez-Quinto F et al. Derived immune and ancestral pigmentation alleles in a 7,000-year-old Mesolithic European. Nature 507, 225–228 (2014).
- Swallow DM. Genetics of lactase persistence and lactose intolerance. Annu Rev Genet. 2003;37:197–219.
- Anguita-Ruiz A, Aguilera CM, Gil Á. Genetics of Lactose Intolerance: An Updated Review and Online Interactive World Maps of Phenotype and Genotype Frequencies. Nutrients. 2020;12(9):2689.




